Volvía a recorrer los pasillos en dirección al quirófano. El celador, un viejo conocido a estas alturas, me iba contando cosas mientras intentaba dirigir la camilla con éxito. La verdad es que no estaba prestando atención a lo que me decía, lo escuchaba de fondo, como si fuera una voz en “off”. Mis sentidos, se habían centrado en el sonido de una de las ruedas de la camilla que chirriaba un poco. Intercambiaba miradas con algunos de los pacientes que nos cruzábamos, teníamos la misma mirada perdida, presos atrapados por nuestra circunstancia. Y veía la cara de interrogación de personas que me miraban preguntándose que tendría. Esta vez no había tanta gente en el quirófano, ni me hicieron tantas preguntas. Un simple, “vamos a operarte el pie, es el derecho ¿no?” me sirvió para asentar con la cabeza, cerrar los ojos y esperar a que la anestesia hiciera su efecto, solo quería dormirme rápido. Cuatro horas después, de nuevo, esa maldita sensación de náusea y borrachera que no t...
Vale la pena vivir. Vale la pena seguir viviendo. Siempre hay un para qué.