Volvía a recorrer los pasillos en dirección al quirófano. El celador, un viejo conocido a estas alturas, me iba contando cosas mientras intentaba dirigir la camilla con éxito. La verdad es que no estaba prestando atención a lo que me decía, lo escuchaba de fondo, como si fuera una voz en “off”.
Mis sentidos, se habían centrado en el sonido de una de las
ruedas de la camilla que chirriaba un poco. Intercambiaba miradas con algunos
de los pacientes que nos cruzábamos, teníamos la misma mirada perdida, presos
atrapados por nuestra circunstancia. Y veía la cara de interrogación de
personas que me miraban preguntándose que tendría.
Esta vez no había tanta gente en el quirófano, ni me
hicieron tantas preguntas. Un simple, “vamos a operarte el pie, es el derecho
¿no?” me sirvió para asentar con la cabeza, cerrar los ojos y esperar a que la
anestesia hiciera su efecto, solo quería dormirme rápido.
Cuatro horas después, de nuevo, esa maldita sensación de náusea y borrachera que no te deja pensar con claridad. Al menos esta vez, no ha sido una operación tan larga, ni me han puesto tantos cables, con lo que solo hay que esperar a que se vayan los efectos de la anestesia del todo. Mientras tanto, aparece el traumatólogo a darnos el parte de guerra.
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| Artrodesis |
“Ha sido muy difícil, solo a última hora hemos conseguido darle algo de forma al pie”. Y es que los huesos de mi pie derecho al tocar el suelo en la caída, estallaron en mil pedazos como cuando revientas un azucarillo. Esto lo constatamos meses después, cuando encontramos en casa el pie de gato del accidente, rajado, con huesos clavados en su interior.
No tenía calcáneo ni astrágalo y lo peor era que, no habían
sido capaces de quitarme totalmente los restos de los huesos por dentro, “esperamos
que los vaya absorbiendo el cuerpo con el tiempo”. Me habían hecho una
artrodesis con otros tantos clavos que harían las funciones de la articulación,
no sabían decirme cómo iba a quedar el pie, “de momento ir curándolo, que los
clavos se consoliden, iremos viendo”.
Esta noticia tan seria, sin un poco de optimismo, volvió a
provocarme otra montaña rusa en mis emociones. De nuevo, perdía el control de
ellas y se abrían grietas en mi palacio mental, volvía mi estado depresivo. Con
el tiempo te das cuenta que por muy duro o fuerte que te creas, y aunque
posiblemente lo seas, en mi situación era imposible estar totalmente cuerdo. Una mañana, tras un sueño intranquilo,
Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto, Kafka me
había definido, así era, así me sentía.

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