A la mañana siguiente, mientras desayuno, me invade una sensación de tristeza espesa, sin matices. Me pongo algo de ropa deportiva y bajo al garaje con torpeza, mi cuerpo no termina de responder a lo que le pido. Intento repetir algunos de los ejercicios y movimientos que me han enseñado en rehabilitación, pero mis sensaciones no son buenas. Durante unos días me engaño pensando que será cuestión de tiempo, de adaptación. Pero esa idea se va deshaciendo rápido. La rutina continúa, sí, pero cada vez más vacía, más mecánica, como si imitara algo que antes tenía sentido. Viktor Frankl decía que “el sufrimiento cesa de serlo en el momento en el que adquiere sentido” . Pero hay una parte del proceso en la que ese sentido no aparece, y el sufrimiento tampoco se va. Se queda. Desde el accidente, todo ha sido gestionar, intentar avanzar, sostener. Y mientras veía que mi recuperación avanzaba, el objetivo tenía un cierto sentido claro, incluso el dolor encajaba en algo más grande. Ahora ...
Vale la pena vivir. Vale la pena seguir viviendo. Siempre hay un para qué.