Puedes tener suerte, y que la bola caiga en tu lado de la red, pero nunca basta con desear que las cosas sucedan. Si algo he aprendido de mi accidente es que casi siempre me ha tocado luchar para inclinar el tablero a mi favor y, aun así, la mayoría de las veces no he llegado al objetivo que esperaba. Supongo que se trata de no perder sin luchar, aunque asumir esa idea, convertirla en algo propio, se me sigue haciendo muy difícil. Durante las semanas siguientes, los días se vuelven una especie de día de la marmota . La rutina se repite sin pausa ni alternativas y, de algún modo, eso me viene muy bien. Tener obligaciones, un entrenamiento irrenunciable, me revitaliza, aunque a ratos, siento una enorme tristeza por verme así. La parte buena es que a base de repetir movimientos y ejercicios, y a pesar del dolor constante, parece que mi cuerpo recupera algo de movilidad. Una esperanza discreta que me permite pensar que, quizá, sin demasiadas certezas, aún sea posible acercarme a lo que fue...
Vale la pena vivir. Vale la pena seguir viviendo. Siempre hay un para qué.