Veintiocho días ingresado en el hospital de La Paz. Veintiocho días que ahora mismo me parecen una eternidad. Y sin embargo, es imposible acostumbrarse al ritmo interno del mismo, a ese olor característico, a la atención médica a veces tan intempestiva y arrítmica. Y a la vez, soy incapaz de quejarme de nada. Esa mañana temprano, vuelven a revisarme todas las heridas y terminan de dar el visto bueno a mi salida del hospital, “te traeremos los informes del alta para el mediodía”. Por un momento se acelera todo en mi cabeza, solo quiero salir del hospital y volver a sentir el calor del sol en mi cara, o la lluvia, me da lo mismo, solo respirar libre. Aviso a mi familia para que vengan un poco antes del mediodía, “al fin me mandan para casa!”. Aprovechamos la espera para acelerar gestiones, hay que adaptar el piso a mi nueva situación, decidir definitivamente lo que necesitaremos y terminar de comprar lo que falte. Esto nos genera muchísimas dudas, la única guía que tenemos es l...
Vale la pena vivir. Vale la pena seguir viviendo. Siempre hay un para qué.