“Qué putada lo del pie, no ha habido forma de arreglarlo”... Al menos esta vez, el jefe de rehabilitación se ha comportado con cierta empatía. Lo agradezco, aunque no me sirve de consuelo. Cuando te mandan a casa porque tus lesiones se han recuperado hasta donde han podido, porque ya poco más se puede hacer, y además el servicio está tan colapsado que hay una lista de espera larguísima de personas que quizá están peor que tú y necesiten tu lugar, lo mínimo sería una palmada en la espalda y alguna palabra de ánimo. No puedo evitar sentir tristeza y algo de miedo ante lo que ha de venir. Reconozco que, me sentaba bien tener consejo y ayuda al hacer los ejercicios. Me daba seguridad y cierta esperanza, discreta, pero esperanza al fin y al cabo. Esta vez si, la sensación de avanzar era real. No recuerdo si era Kierkegaard quien hablaba de partir de lo negativo a través de la angustia y la desesperación para alcanzar lo positivo. Pero sospecho que tiene razón, al final, lo que te queda su...
Vale la pena vivir. Vale la pena seguir viviendo. Siempre hay un para qué.