Mi orgullo irrazonable y rebeldía seguían en plena exaltación, no me permitían aceptar y rendirme ante ciertas situaciones así que, a los tres días de posponer mis caminatas, decidí retomarlas e incluirlas en mi plan de entrenamientos diarios. A veces, volvía a casa andando desde una de las clínicas de rehabilitación, y en otras, simplemente me fijaba un objetivo de paseo y procuraba hacerlo. Por desgracia, no siempre era capaz de conseguirlo. Soy incapaz de contar las veces que han tenido que venir a buscarme, o la cantidad de “Uber” que he tenido que pedir para poder volver a casa cuando mi cuerpo cedía al dolor y se negaba a continuar. A pesar de que en general podía decir que las sensaciones eran buenas, no conseguía despejar del todo los nubarrones de mi cabeza. Realmente ni los médicos, ni los fisioterapeutas, ni nosotros mismos teníamos claro hasta donde podría llegar en mi recuperación. Y francamente, en el fondo sospechaba que demoler todos los puentes a mi alcance, quizás n...
Vale la pena vivir. Vale la pena seguir viviendo. Siempre hay un para qué.