A la mañana siguiente, mientras desayuno, me invade una sensación de tristeza espesa, sin matices. Me pongo algo de ropa deportiva y bajo al garaje con torpeza, mi cuerpo no termina de responder a lo que le pido. Intento repetir algunos de los ejercicios y movimientos que me han enseñado en rehabilitación, pero mis sensaciones no son buenas. Durante unos días me engaño pensando que será cuestión de tiempo, de adaptación. Pero esa idea se va deshaciendo rápido. La rutina continúa, sí, pero cada vez más vacía, más mecánica, como si imitara algo que antes tenía sentido. Viktor Frankl decía que “el sufrimiento cesa de serlo en el momento en el que adquiere sentido” . Pero hay una parte del proceso en la que ese sentido no aparece, y el sufrimiento tampoco se va. Se queda. Desde el accidente, todo ha sido gestionar, intentar avanzar, sostener. Y mientras veía que mi recuperación avanzaba, el objetivo tenía un cierto sentido claro, incluso el dolor encajaba en algo más grande. Ahora ...
“Qué putada lo del pie, no ha habido forma de arreglarlo”... Al menos esta vez, el jefe de rehabilitación se ha comportado con cierta empatía. Lo agradezco, aunque no me sirve de consuelo. Cuando te mandan a casa porque tus lesiones se han recuperado hasta donde han podido, porque ya poco más se puede hacer, y además el servicio está tan colapsado que hay una lista de espera larguísima de personas que quizá están peor que tú y necesiten tu lugar, lo mínimo sería una palmada en la espalda y alguna palabra de ánimo. No puedo evitar sentir tristeza y algo de miedo ante lo que ha de venir. Reconozco que, me sentaba bien tener consejo y ayuda al hacer los ejercicios. Me daba seguridad y cierta esperanza, discreta, pero esperanza al fin y al cabo. Esta vez si, la sensación de avanzar era real. No recuerdo si era Kierkegaard quien hablaba de partir de lo negativo a través de la angustia y la desesperación para alcanzar lo positivo. Pero sospecho que tiene razón, al final, lo que te queda su...