Para cuando inicié la segunda sesión de rehabilitación, ya me había sumergido de nuevo en el estado de fluir. De forma que poder empezar a ejercitarme y concentrarme en esa tarea, tenía un efecto de retroalimentación positiva en mi cuerpo y sobretodo, en mi palacio mental. Además, ver que mis articulaciones empezaban a responder o que podía moverme un poco más y mejor, hacía que mi motivación aumentara. Sentía que todo trabajaba como una unidad, o cómo lo llamaba Arno Ilgner en su libro Guerreros de la roca, el cuerpomente.
Pero era solo una sensación, en realidad, aún me faltaba
mucho para trabajar como una unidad. En las primeras sesiones de rehabilitación
era como un niño cuando está descubriendo su desarrollo psicomotor, con la
diferencia de que mi mente si sabía cuál era la combinación exacta, pero mi
cuerpo aún era incapaz de realizarla. Recuperar el tono muscular, el control
postural, tener una respiración adecuada o la propiocepción, son solo algunos
de los elementos fundamentales que debía volver a desarrollar si quería tener
opciones de recuperarme.
Recuerdo uno de los ejercicios que hice por primera vez y lo
mucho que me costó. Era intentar andar entre dos barras paralelas haciendo el
movimiento correctamente, apoyando mis manos en ellas para no desequilibrarme, ida
y vuelta, primero de frente y luego dando pasos laterales. ¡Y qué difícil se
hace avanzar entre dudas y certezas sin tener todas las respuestas! Pero lo
bueno era, que siempre volvía a casa con una actitud positiva y lo veía todo
con mejor perspectiva. Es curioso cómo el impacto de tus emociones afecta a tu
salud y actitud, de forma que por las tardes seguía haciendo ejercicios en casa
hasta que mi cuerpo decía basta.
A la semana de empezar con las sesiones de rehabilitación me
decido. He visto que según Google Maps, la distancia que tengo desde la clínica
hasta casa es de 1.6 kmts, voy a volver andando a casa. Aviso a Lorena, “no te
preocupes, si tengo el más mínimo problema te aviso y vienes a recogerme”. No
recuerdo exactamente el tiempo que tardé en volver pero fue mucho. Tanto, que
me llamó por teléfono para ver si me había pasado algo. Iba parando cada pocos
metros porque el dolor que recorría mi cuerpo no me dejaba continuar. Yo no
dejaba de darme ánimos, “venga, hasta la siguiente sombra o hasta el próximo
banco y ahí paras”.
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| Cada pocos metros paraba |
En el libro 1984, George Orwell escribe, del dolor solo puede desearse una cosa: que
se detenga. La verdad es que en ese momento me conformaba con que no
aumentara más. Pensé que si aún tenía fuerzas para quejarme era porqué todavía tenía
algún margen con mi umbral de dolor. He de confesar que no entiendo demasiado
bien cómo en ese momento llegué a esa conclusión, pero al desarrollar esa actitud
y ese espíritu de lucha, obligaba a mi cuerpo a ir recuperando la combinación
de actividad muscular y el equilibrio necesario para hacerlo. En realidad, lo
que estaba haciendo era jugar todas las cartas que tenía en mi mano para intentar
alcanzar el cuerpomente lo antes
posible.

Eres un ejemplo de superación, no solo te superas sino que al mismo tiempo haces que tus seres queridos se sientan orgullosos de tí.
ResponderEliminarGracias tysoneta!
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