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46. Tintin en el Tibet

“Qué putada lo del pie, no ha habido forma de arreglarlo”... Al menos esta vez, el jefe de rehabilitación se ha comportado con cierta empatía. Lo agradezco, aunque no me sirve de consuelo. Cuando te mandan a casa porque tus lesiones se han recuperado hasta donde han podido, porque ya poco más se puede hacer, y además el servicio está tan colapsado que hay una lista de espera larguísima de personas que quizá están peor que tú y necesiten tu lugar, lo mínimo sería una palmada en la espalda y alguna palabra de ánimo.

No puedo evitar sentir tristeza y algo de miedo ante lo que ha de venir. Reconozco que, me sentaba bien tener consejo y ayuda al hacer los ejercicios. Me daba seguridad y cierta esperanza, discreta, pero esperanza al fin y al cabo. Esta vez si, la sensación de avanzar era real. No recuerdo si era Kierkegaard quien hablaba de partir de lo negativo a través de la angustia y la desesperación para alcanzar lo positivo. Pero sospecho que tiene razón, al final, lo que te queda suele ser mejor que lo que dejaste atrás.

Justo al salir del metro, hay un pequeño parque, con un banco destartalado en el que suelo sentarme a calmar los dolores, recuperar fuerzas y a veces simplemente, observar. Me siento ahí para parar, para respirar, para ordenar pensamientos y tratar de intuir cuáles deberían ser los siguientes movimientos, aunque todavía no tenga claro hacia dónde. En uno de esos silencios,  me ha venido a la cabeza el cómic que me estoy leyendo, Tintin en el Tibet.



Quizá porque Tintin también avanza así, cansado, sin certezas, con todo en contra. A diferencia del Capitán Haddock, pesimista emocional, siempre anticipando la caída, Tintín es un optimista extraño, práctico. No confía en que todo vaya a salir bien, simplemente se comporta como si seguir adelante tuviera sentido. Recuerdo la escena en la que Chang se le aparece en sueños, pidiéndole ayuda. Nadie le cree. Todos lo dan por muerto. Y aun así, Tintín se pone en marcha. No porque tenga pruebas, ni porque espere un final feliz, sino porque quedarse quieto sería una forma de traición.

Sentado en ese banco, con el cuerpo recordándome sus límites, entiendo mejor esa lógica. Tintin avanza no por lo que va a encontrar, sino porque abandonar sería peor. Supongo que es una ética de la perseverancia, sin garantías. Solo determinación y el siguiente paso. Pienso en el miedo que tengo ahora mismo… ¿y no lo tenemos todos? Pienso en el valor que debería echar… ¿y no lo tenemos todos?

Hace falta mezclarlos para vivir hacia adelante, pero mirar atrás para entenderlo, y esto si es de Kierkegaard. Pero ahora mismo… no soy capaz. Camino a casa me resigno porque avanzar, aunque sea un paso pequeño, es lo único que queda por hacer. Un paso después del otro. Y así sigo, aunque no sepa adónde me llevará.

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