A la mañana siguiente, mientras desayuno, me invade una sensación de tristeza espesa, sin matices. Me pongo algo de ropa deportiva y bajo al garaje con torpeza, mi cuerpo no termina de responder a lo que le pido. Intento repetir algunos de los ejercicios y movimientos que me han enseñado en rehabilitación, pero mis sensaciones no son buenas. Durante unos días me engaño pensando que será cuestión de tiempo, de adaptación. Pero esa idea se va deshaciendo rápido. La rutina continúa, sí, pero cada vez más vacía, más mecánica, como si imitara algo que antes tenía sentido. Viktor Frankl decía que “el sufrimiento cesa de serlo en el momento en el que adquiere sentido”.
Pero hay una parte del proceso en la que ese sentido no
aparece, y el sufrimiento tampoco se va. Se queda. Desde el accidente, todo ha
sido gestionar, intentar avanzar, sostener. Y mientras veía que mi recuperación
avanzaba, el objetivo tenía un cierto sentido claro, incluso el dolor encajaba
en algo más grande. Ahora no. Ahora el avance es lento hasta volverse
imperceptible. Los dolores crecen. Moverse cuesta más. Y lo que antes parecía
un camino empieza a parecer un sitio en el que estoy detenido.
Las semanas pasan y algo cambia por dentro. El humor desaparece, el optimismo se desgasta. No hay un momento concreto en el que se rompe, simplemente deja de estar. Y en su lugar queda una especie de fondo oscuro, constante, difícil de explicar. Empiezo a sospechar que no todo sufrimiento tiene sentido. O si es obligatorio encontrárselo. “Ser o no ser, esa es la cuestión: si es más noble para el alma soportar las flechas y pedradas de la áspera Fortuna o armarse contra un mar de adversidades y darles fin en el encuentro” que decía Hamlet. Pero aquí la cuestión no es tan limpia. No es elegir entre soportar o enfrentarse, sino seguir en algo que no ofrece respuesta clara. Ni victoria. Ni cierre. Solo continuidad.
La tristeza se había apoderado de mi. Esa clase de tristeza
enfermiza, de la que no te puedes sentir peor. Mi descenso a los infiernos me
parecía imparable, sin pausas ni alternativas. Todo apuntaba en la misma
dirección, y yo lo vivía como una caída continua. “Ser o no ser” dejó de ser
una frase literaria. Como en Hamlet, empezó a adquirir un peso incómodo. Recuerdo
haber sentido, con una claridad que ahora me impresiona, como la balanza se
inclinaba. Y eso era lo más desconcertante. Yo, que siempre me había
considerado vitalista, cercano a mis amigos, alguien que disfrutaba de la vida…me
veía superado por una situación que ni siquiera sabía explicar bien.
Tampoco recuerdo el momento exacto en el que, en un instante
de lucidez, decidí frenar aquella caída y pedir ayuda. Quizá fue en una de esas
noches solo en casa, bebiendo sin medida. O tal vez un gesto de rebeldía, casi
instintivo, contra todo. No lo sé. No lo recuerdo. Durante ese tiempo, llegué a pensar que no existir sería más llevadero que
seguir sosteniendo aquella forma de estar en el mundo. Hoy lo miro con
distancia. No porque fuera menos real, sino porque ahora sé que también era un
estado, no un destino.
.jpeg)
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por tu comentario!