De pronto, el viento ha comenzado a soplar moviendo los árboles a mi alrededor. Hay algo curioso en su armonía, en esos giros sin rumbo aparente, como si obedecieran a una lógica que no debe ser entendida. Me resulta hipnótico y, sin saber muy bien por qué, me transmite una sensación de calma y relajación. No tengo prisa. El cuerpo me duele entero, así que decido quedarme sentado, diluir ese cansancio y dejar que mi mente siga divagando.
Aprender a soportar el dolor te va endureciendo poco a poco
pero también te va desgastando. No es un golpe seco, más bien es un goteo intermitente
pero constante, que acaba calando más de lo que parece.
Mañana, por fin, dejaré las muletas. Lo hago con la
advertencia médica de extremar el cuidado. Un mal apoyo, un golpe torpe, y todo
el trabajo de estos meses en ambos pies podría saltar por los aires. Vuelve esa
mezcla conocida de sensaciones, ese vaivén entre el miedo a lo desconocido a la
alegría contenida por ir volviendo poco a poco a ser el que era. En esa rara
asociación de ideas que tengo a veces, me ha venido a la cabeza el fragmento
del poema de Paul Valéry, el viento se
levanta… ¡tratemos de vivir! Qué buena declaración de intenciones y qué fácil
de decir y qué difícil de sostener.
Quizás ha sido una señal. El viento como símbolo del cambio,
o como recordatorio de que la vida es, por naturaleza, impredecible. Supongo
que aceptar esa naturaleza cambiante y seguir adelante tal vez sea el
complemento a la obligación de intentar vivir. Reconozco que ya estoy cansado
de tanta aceptación, de tanto “te jodes”. A veces el ego se impone y empieza el
juego interior. La parte buena es que en cuanto me vuelvo a poner en movimiento,
todo eso se disuelve por un momento. Y por un rato, el ruido interior se calla.
A la mañana siguiente, al intentar andar sin muletas, certifico
que las reglas han cambiado. No
aprendemos reglas sino hechos que decía Nassim Taleb. Sabía lo que había que hacer, pero no lo supe
de verdad hasta esta mañana. Me doy cuenta que, las reglas arraigadas por la
repetición ya no me sirven, se han quedado obsoletas. Mi cuerpo necesita readaptarse
una vez más, aprender y acostumbrarse a nuevos movimientos, a otra forma de
trabajar. Y descubrir esto, aunque en el fondo lo sospechara, vuelve a resultar
profundamente triste y doloroso.
Mientras espero en el metro voy dándole vueltas a la cabeza.
De nuevo, voy a tener que reorganizar lo que creía saber, revisar certezas,
descubrir y aceptar limites que antes parecían ajenos. Y es que, en ese proceso
incómodo, lento y doloroso, es donde se produce el aprendizaje real. A veces
pienso que el aprendizaje casi siempre llega tarde. Ese “sabía lo que podía
pasar pero no saberlo de verdad”, hasta que ocurre. Hasta que duele. Solo
entonces la regla deja de ser una frase razonable para convertirse en una
certeza incómoda.

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