Mi orgullo irrazonable y rebeldía seguían en plena exaltación, no me permitían aceptar y rendirme ante ciertas situaciones así que, a los tres días de posponer mis caminatas, decidí retomarlas e incluirlas en mi plan de entrenamientos diarios. A veces, volvía a casa andando desde una de las clínicas de rehabilitación, y en otras, simplemente me fijaba un objetivo de paseo y procuraba hacerlo. Por desgracia, no siempre era capaz de conseguirlo. Soy incapaz de contar las veces que han tenido que venir a buscarme, o la cantidad de “Uber” que he tenido que pedir para poder volver a casa cuando mi cuerpo cedía al dolor y se negaba a continuar.
A pesar de que en general podía decir que las sensaciones
eran buenas, no conseguía despejar del todo los nubarrones de mi cabeza. Realmente
ni los médicos, ni los fisioterapeutas, ni nosotros mismos teníamos claro hasta
donde podría llegar en mi recuperación. Y francamente, en el fondo sospechaba
que demoler todos los puentes a mi alcance, quizás no fuera suficiente. Y ese
era un pensamiento que no podía evitar, me quemaba por dentro, “quizás no hago
todo lo necesario, hoy debería haber hecho más”…
Que delgada es la
línea entre la infelicidad y la fortaleza costando el mismo trabajo que
diría Carlos Castañeda. Y es que a veces, aunque intentes cambiar las cosas, no
significa que necesariamente vayan a mejorar. En mis paseos diarios, me iba
sentando aleatoriamente cuando no aguantaba más el dolor, y recuerdo
simplemente respirar profundamente y sentir cómo el tiempo se detenía alrededor
mío. Miraba a la gente andar arriba y abajo, otro corría llevando sujeto con
una correa a un pobre perro a su lado, algunos montaban en bicicleta. Y lo
único que podía hacer en ese momento era quedarme sentado, mirar e imaginar que
era yo el que hacía esas cosas.
Y cómo el que no quiere la cosa ha llegado agosto. Dudamos
mucho, pero al final pensamos en que sería bueno desconectar de tanta tragedia
diaria y decidimos irnos unos días. Este proceso nos ha afectado mucho, a todos
los niveles. Todo el mundo te pregunta cómo va todo, y llega un punto en el que
dices bien, por decir, pero normalmente no estás bien. Los médicos creen que es
buena idea pero sin hacer locuras, y los fisioterapeutas me dan una serie de
indicaciones para esos días. Seguiría haciendo ejercicios y al final, tener la
obligación de moverme en un entorno no tan controlado me serviría para ver cómo
iba reaccionando mi cuerpo y mi cabeza.
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| Imagino |
Fueron pocos días, intensos, dolorosos pero también muy bonitos,
reconfortantes y reflexivos. Sientes tu
fuerza en la experiencia del dolor decía
Jim Morrison. Recuerdo en especial los intentos de andar por la arena de la
playa, cómo mi cuerpo se retorcía ante el terreno irregular obligándome a un
mayor esfuerzo. Recuerdo también los tímidos acercamientos a la orilla y cómo
sufrió mi equilibrio la embestida de una ola pequeña con impotencia. Y cómo
finalmente cedía exhausto ante tanto esfuerzo diario y dolor. De nuevo, el
tiempo se paraba a mi alrededor, respiraba profundamente y sólo podía sentarme,
mirar e imaginar.

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