Creo que por primera vez desde que tuve el accidente, he logrado tomar conciencia del momento en el que me encuentro. Aunque el peaje que he pagado en forma de dolor, incertidumbres y vaivenes emocionales está siendo durísimo. Y es que la vida se ha empeñado en mostrarme que vivimos aprendiendo constantemente, depende de la suerte que tengas aprendes para bien o para mal. Pero de alguna manera, me sentía como si empezara un nuevo viaje. “Intenta mantener la concentración total en el viaje” era un mantra que recitaba sin parar, como una forma de intentar fijar ese objetivo en mi mente.
Pero si quería iniciarlo, debía empezar cuanto antes a
moverme con las muletas. Así que decidimos salir a tomar algo cerca de casa,
pero lo suficientemente lejos como para tener que esforzarme mucho más. Cómo
enseñaba el chamán yaqui Don Juan, es en
los pasos dónde el hombre encuentra fuerza. Sin ellos no somos nada.
Durante el camino procuro centrar mi atención en intentar avanzar como pueda,
solo eso. De nuevo, se me hace imposible abstraerme de los crujidos y punzadas
de dolor que salen de mi cuerpo, es como si todo se estuviera recolocando ahí
dentro.
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| Intentando avanzar |
Sentados en la terraza del bar entre saludos de amigos, charlas y tragos de cerveza, he visto pasar a algunas personas corriendo y algunos otros en bicicleta. Esto sería parte del paisaje urbano y no tendría más importancia salvo porque me he notado un punto de rabia al verlos correr o verlos montando en bicicleta. Es un pensamiento totalmente inesperado que me sorprende mucho. Sin comprenderlo demasiado, me digo que seguramente es un momento puntual de enfado conmigo mismo porque es algo que probablemente no pueda volver a hacer. Pedimos otra ronda de bebidas y me olvido. Pero de vuelta a casa me vuelve a pasar y empiezo a darle vueltas al asunto.
Supongo que el punto de tomar conciencia en el que me
encuentro hace que en este momento me sea más sencillo buscar en mi palacio
mental, y de alguna forma soy capaz de identificar quien me puede estar
haciendo el juego interior. Creo que es el ego. Dan Millman reflexionaba en su
libro El guerrero pacífico que la mente
es como un fantasma que vive solo en el pasado o solo en el futuro. Su único
poder sobre ti es desviar tu atención del presente. Ahora veo que siempre
ha estado ahí escondido hablándome. Tiene tanto poder que con pocas palabras es
capaz de separarme de la realidad afectando a mi desarrollo.
Me doy cuenta de cómo mi ego ha reaccionado de muchas formas
diferentes y limitadoras ante las situaciones diarias que me he ido encontrando.
Le gusta comparar, cuando menos lo espero evoca imágenes del pasado y compara mi
vida anterior con mi actual situación haciéndome sentir culpable. O como me ha
pasado en el bar, usa su influencia para compararme con los demás, caigo en su
trampa y me acabo convirtiendo en una fábrica de justificaciones. Supongo que enfadarse
con el mundo y andar justificándome siempre es más sencillo que asumir mis responsabilidades.
Es el maldito juego interior jugado a un nivel más sutil.

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