Puedes tener suerte, y que la bola caiga en tu lado de la red, pero nunca basta con desear que las cosas sucedan. Si algo he aprendido de mi accidente es que casi siempre me ha tocado luchar para inclinar el tablero a mi favor y, aun así, la mayoría de las veces no he llegado al objetivo que esperaba. Supongo que se trata de no perder sin luchar, aunque asumir esa idea, convertirla en algo propio, se me sigue haciendo muy difícil.
Durante las semanas siguientes, los días se vuelven una especie de día de la marmota. La rutina se repite sin pausa ni alternativas y, de algún modo, eso me viene muy bien. Tener obligaciones, un entrenamiento irrenunciable, me revitaliza, aunque a ratos, siento una enorme tristeza por verme así. La parte buena es que a base de repetir movimientos y ejercicios, y a pesar del dolor constante, parece que mi cuerpo recupera algo de movilidad. Una esperanza discreta que me permite pensar que, quizá, sin demasiadas certezas, aún sea posible acercarme a lo que fue mi vida antes.
Cuando por fin me permiten retirar una muleta, lo vivo como un subidón. Vuelvo a entrar en ese estado rebelde en el que me empeño en forzar mi cuerpo, en comprobar hasta donde aguanta, y empiezo a hacer cosas como ir a rehabilitación en metro, como si eso fuera una declaración de intenciones. A estas alturas creo que ya me he acostumbrado a ese ir lento por la vida, a verme rodeado de personas que corren a mi alrededor y me adelantan sin mirarme, dejándome atrás. Así que llegar al andén y ver cómo el metro se va antes de que pueda subirme, se convierte en algo habitual.
¡Perder un tren solo es doloroso si corres tras él! Que decía Nassim Taleb. Supongo que, cómo casi siempre, Nassim tiene razón. En cualquier caso, mi cuerpo no da para mucho más. Son semanas en las que mi cuerpo ha empezado a funcionar, digamos, más o menos. La sensación de avanzar es real, aunque siempre acompañada de la misma pregunta, ¿hasta donde? En rehabilitación me van dando pequeños puntos positivos, “seguramente podrás”, “no será igual, pero…” Se que no son certezas ni promesas, pero por momentos empiezo a creer que es posible.
Hipócrates decía que la curación es una cuestión de tiempo, pero que, también a veces, es una cuestión de oportunidad. Con la perspectiva que da el paso del tiempo, creo que iniciar la rehabilitación en el Hospital de La Paz fue, quizá, la oportunidad que tuve para avanzar que se me presentó más clara. Aunque tampoco estoy seguro del todo. Lo mismo solo fue un momento aislado más, de los repetidos durante aquellos meses, en el que mi cuerpo parecía acelerar su recuperación.
Y ni siquiera tengo claro que esa aceleración fuera real. A veces sospecho que era una cuestión que sucedía más en mi palacio mental que en el propio cuerpo. De nuevo, desear no alteraba mi realidad, fuera entre comillas o no, pero insistir en seguir con mi rutina diaria era inclinar el tablero lo justo. Era trabajar sin garantías y esperar pacientemente a que las oportunidades siguieran apareciendo… y tener la lucidez suficiente para reconocerlas cuando lo hicieran.

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