Justo al volver de las vacaciones, me han llamado del Hospital de La Paz para empezar la rehabilitación con ellos. Es muy complicado acceder allí ya que la lista de espera es enorme, pero apuntarse y esperar merece la pena, son realmente buenos. Así que fui a la entrevista inicial en la que un médico te evalúa y ve en que situación te encuentras. He de decir que el mensaje que recibí fue desolador, seguramente real, pero de una dureza innecesaria. Salí de la consulta diciendo para mis adentros, ¡que hijo de puta!
Tampoco pude evitar, que saliendo del hospital, se me
saltara alguna lágrima de impotencia. Ya en el coche, en el trayecto de vuelta
a casa no hablo demasiado. Tengo la mirada fija a través de la ventanilla con una
sensación mezcla de cabreo y tristeza. He
estado viviendo con la dolorosa realidad, y ahora me doy cuenta de que ésta me
ha derrotado, decía el escritor Henry James. Y es que, esa bofetada de
realidad sin comillas que me acaban de dar, me hace daño. No ha sido equitativa,
incluso diría que ha sido injusta. No puedo evitar pensar de nuevo ¡que hijo de puta!
Esa noche duermo poco. Las frases escuchadas en la consulta,
“tienes el pie hecho una mierda” o “el dolor de la espalda no se te va a ir
nunca” se han quedado grabadas a fuego. Me queman. Intento encontrar alguna
explicación, quizás ha seguido la regla no escrita de “pon al paciente en lo
peor por si acaso” o simplemente tenía un mal día. Es curioso como a veces los
golpes hieren más que las palabras, pero las palabras dejan señales de por
vida. Finalmente, el Lorazepam cumple con su función y me quedo dormido.
Entre la mala noche que he pasado y la resaca que deja la
pastilla de mierda, al día siguiente me cuesta ponerme en marcha. Lo bueno de
tener los puentes demolidos es que no te queda más remedio que seguir adelante.
Me digo que volver a mi rutina diaria, hará que olvide la bofetada recibida y vuelva
a poner el foco en alcanzar la realidad diferente que voy a necesitar. Una
realidad entre comillas que quizás aporte otro tipo de final al que me han
pronosticado. Reconozco que no estoy en mi mejor momento, pero para cuando
acabo la primera sesión en el Hospital de La Paz, salgo con mejor ánimo. De
forma que mi cabeza empieza a funcionar planeando los siguientes movimientos.
El siguiente objetivo, además de seguir normalizando
esquemas físicos, es conseguir dejar atrás las muletas, o al menos una de ellas
para más adelante intentar soltar la otra. En su libro Yo, otro, Imre Kertész reflexionaba,
soy el protagonista ligeramente escéptico,
pero aún sensible, de la novela de formación que es mi vida. Y es que,
aunque a veces en el día a día me cueste, debo interiorizar que en esta novela
no hay segundas partes ni posibilidad de enmienda. O quizás, ese sentimiento
escéptico sea una forma de validar la vida y las posibilidades que tiene.
Supongo que la palabra realidad
siempre debería ir entre comillas.

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