Aceptación es una palabra que no la tenía en buena consideración, no me gustaba. Creo que es porque siempre la he relacionado con algo negativo, como un “te jodes”. Pero me he dado cuenta que lo que yo he llamado epifanías, en realidad han sido momentos de aceptación algo más existenciales que simplemente resignarme ante mi situación. El filósofo griego Epicteto decía que no importa lo que ocurre, sino cómo respondes a lo que te ocurre. Aunque he conseguido taponar mis fugas de poder, pienso que llegar a desarrollar esta resiliencia no va a ser nada fácil. No puedo evitar preguntarme si en realidad no me estoy engañando a mí mismo de nuevo.
Hasta ahora, he tenido una lucha más o menos constante por
ir ejercitando y recuperando el aspecto físico, lo que me permitía mi maltrecho
cuerpo. Pero la pelea principal, ha estado en intentar controlar las idas y
venidas de mi trastocado palacio mental. Eso tenía que cambiar. Sospechaba que
a partir de la siguiente visita a traumatología, me iba a encontrar en el punto
en el que se empezaría a jugar la parte del proceso más importante a nivel
físico, y ahora, desde la perspectiva que te da la distancia veo que fue
exactamente así.
Los médicos me han dado el visto bueno para apoyar los dos
pies, el pie izquierdo con total normalidad y en cuanto al pie derecho, de
momento con mucho cuidado. Con cierta emoción desempolvamos mis viejas muletas,
pero hemos decidido aguantar unos días más la silla de ruedas hasta ver cómo
reacciona mi cuerpo. A veces lo bueno es lo que ocurre, y es que aunque me
encontraba en plena exaltación de mi orgullo irrazonable y rebeldía, la
realidad era que no tenía elección, la vida me obligaba a ir hacía la única
dirección posible y necesaria en ese momento.
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| Mis pies han cambiado |
De vuelta en casa me quedo sentado en la cama, me descalzo y apoyo las manos en mis rodillas. Y miro como mis deformados pies tocan el suelo. Recuerdo que sonreí al poder sentir de nuevo la temperatura del suelo bajo mis pies. Siempre me cuesta más de un intento levantarme sobre el pie izquierdo y esta vez no iba a ser diferente. Para cuando consigo erguir el cuerpo y apoyarme en las muletas, soy incapaz de enumerar la cantidad de crujidos y dolores diferentes que siento y que recorren mi cuerpo. Tambaleo y me tienen que sujetar para poder aguantar el equilibrio.
Es curioso como mi mente se imagina los acontecimientos que
van a pasar de una forma que casi nunca ocurre, no puedo evitar evocar a mi
anterior estado. Reconozco que el paseo por el dormitorio no fue el mejor paseo
que he dado en mi vida. Para cuando vuelvo a sentarme en la cama me siento como
si me hubieran dado una paliza, pero también siento otra cosa. Albert Espinosa
en su libro El mundo amarillo lo expresaba muy bien, finalmente notarás que al andar diferente, que al tocar de un modo
distinto tu pie en el suelo, algo en ti nace. Una especie de sentimiento,
parecido a una alegría. A veces lo bueno es lo que ocurre.

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