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36. Rebelión

Sospechaba que para mi segunda epifanía, mis emociones iban a ser algo más complicadas. Sin entenderlo demasiado bien, necesitaba mirar de frente a la pared donde tuve el accidente sin tener clara cuál iba a ser mi reacción. También necesitaba rellenar los vacíos de mis recuerdos hablando con las personas que estaban en el momento del accidente y de alguna manera, intentar completar la historia. Pero en mi interior tenía algo más, quizás fuera algo absurdo y seguramente irracional pero había una parte de enfado, orgullo y rebeldía que luchaba por salir.

Fuimos al rocódromo un poco antes de que cerraran para encontrarnos a la menor gente posible. Al llegar nos encontramos con algunos conocidos, con desconocidos que nos miraban con curiosidad, algún amigo que otro y con el chico que el día del accidente estaba de responsable allí. Nos pedimos unas cervezas y algo nerviosos nos sentamos en una mesa juntos. Supongo que en realidad todo el mundo estaba un poco nervioso, imagino que ver a un escalador en silla de ruedas en un rocódromo te enfrenta con una realidad que casi nunca pensamos, y que no apetece ver.

Le empiezo a contar como me va la vida, mis sensaciones el día del accidente y con mucho sentimiento de culpabilidad llego incluso a pedirle perdón por lo ocurrido aquel día. Por su parte me cuenta la historia como la vivió desde fuera. El grito desgarrador que se escuchó, como me ayudaron atendiéndome, lo que tardó la ambulancia en llegar, quien me despertó y en cierto modo, también expresó algún sentido de culpabilidad por no haber podido hacer más. Pasan los minutos y poco a poco se han ido yendo los escaladores de forma que mientras terminan de cerrar el rocódromo, tengo un momento a solas frente a esa pared.

En el rocódromo

Decía Albert Camus que no hay espectáculo más bello que el de la inteligencia en lucha con una realidad que le supera: se trata del espectáculo del orgullo humano, que es inigualable. No diría que es bello esta especie de orgullo irrazonable que me surge, más bien me siento un poco ridículo. Pero en el fondo, hay algo de sentido en todo esto. Y es que a pesar de mi situación, conseguir mirar de frente a la pared con cierto desdén no deja de ser un acto de desafío, principalmente hacia mi mismo. Intentar seguir adelante ante el trabajo enorme que implica seguir existiendo, es algo que solo puedes conseguir si sacas tu orgullo irrazonable y te rebelas.

Mientras vamos de vuelta a casa, noto que a mi palacio mental le ha sentado muy bien enfrentarse a esa pared, siento que más o menos he encontrado las respuestas que necesitaba en el momento adecuado. Además, poder rellenar los vacíos de mi historia también me ha ayudado a despejar incógnitas y hacerme un cuadro mental completo del momento del accidente. Llego a casa con la sensación de que es el momento de decirle a la vida que no es así, que tengo algo contra lo que luchar y aunque soy consciente de que hay límites, sigo teniendo mi derecho a rebelarme. Me rebelo luego existo.

 

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