Sospechaba que para mi segunda epifanía, mis emociones iban a ser algo más complicadas. Sin entenderlo demasiado bien, necesitaba mirar de frente a la pared donde tuve el accidente sin tener clara cuál iba a ser mi reacción. También necesitaba rellenar los vacíos de mis recuerdos hablando con las personas que estaban en el momento del accidente y de alguna manera, intentar completar la historia. Pero en mi interior tenía algo más, quizás fuera algo absurdo y seguramente irracional pero había una parte de enfado, orgullo y rebeldía que luchaba por salir.
Fuimos al rocódromo un poco antes de que cerraran para
encontrarnos a la menor gente posible. Al llegar nos encontramos con algunos conocidos,
con desconocidos que nos miraban con curiosidad, algún amigo que otro y con el
chico que el día del accidente estaba de responsable allí. Nos pedimos unas
cervezas y algo nerviosos nos sentamos en una mesa juntos. Supongo que en
realidad todo el mundo estaba un poco nervioso, imagino que ver a un escalador
en silla de ruedas en un rocódromo te enfrenta con una realidad que casi nunca
pensamos, y que no apetece ver.
Le empiezo a contar como me va la vida, mis sensaciones el
día del accidente y con mucho sentimiento de culpabilidad llego incluso a
pedirle perdón por lo ocurrido aquel día. Por su parte me cuenta la historia
como la vivió desde fuera. El grito desgarrador que se escuchó, como me
ayudaron atendiéndome, lo que tardó la ambulancia en llegar, quien me despertó
y en cierto modo, también expresó algún sentido de culpabilidad por no haber
podido hacer más. Pasan los minutos y poco a poco se han ido yendo los
escaladores de forma que mientras terminan de cerrar el rocódromo, tengo un
momento a solas frente a esa pared.
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| En el rocódromo |
Decía Albert Camus que no
hay espectáculo más bello que el de la inteligencia en lucha con una realidad
que le supera: se trata del espectáculo del orgullo humano, que es inigualable.
No diría que es bello esta especie de orgullo irrazonable que me surge, más
bien me siento un poco ridículo. Pero en el fondo, hay algo de sentido en todo
esto. Y es que a pesar de mi situación, conseguir mirar de frente a la pared
con cierto desdén no deja de ser un acto de desafío, principalmente hacia mi
mismo. Intentar seguir adelante ante el trabajo enorme que implica seguir
existiendo, es algo que solo puedes conseguir si sacas tu orgullo irrazonable y
te rebelas.
Mientras vamos de vuelta a casa, noto que a mi palacio
mental le ha sentado muy bien enfrentarse a esa pared, siento que más o menos
he encontrado las respuestas que necesitaba en el momento adecuado. Además, poder
rellenar los vacíos de mi historia también me ha ayudado a despejar incógnitas
y hacerme un cuadro mental completo del momento del accidente. Llego a casa con
la sensación de que es el momento de decirle a la vida que no es así, que tengo
algo contra lo que luchar y aunque soy consciente de que hay límites, sigo
teniendo mi derecho a rebelarme. Me rebelo luego existo.

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