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33. Oso polar

Empecé a sospechar que me esperaban unas semanas muy duras por delante. Aunque tenía la esperanza de que al menos, en unos días, pudiera empezar a usar el pie izquierdo con cierta normalidad, mi cuerpo seguía necesitando tiempo. Este sería el siguiente hito importante en mi recuperación. Empezar la rehabilitación, usar las muletas y dejar la silla de ruedas o volver a pasar más tiempo de pie, eran objetivos que veía cada vez más cerca.

Por otro lado, esto significaba que aun tendría que pasar mucho tiempo tumbado. Y a pesar de que seguía con mi plan de entrenos en casa, obviamente bastante limitados e intentaba ocupar la mayoría del tiempo, fueron días en los que no podía evitar que mi mente hiciera de las suyas. En mi cabeza habían aparecido pensamientos que cuanto más intentaba bloquear, más resistentes se hacían.

En su libro Apuntes de invierno sobre impresiones de verano, Dostoievski lo expresó así, intente imponerse la tarea de no pensar en un oso polar y verá al maldito animal a cada minuto. Y es que la paradoja del oso polar hace alusión a esos pensamientos obsesivos que no puedes bloquear, fijados como un marcalibros en tu mente. Y aunque intentas que desaparezcan, suele ocurrir lo contrario, su intensidad aumenta.

Paradoja del oso polar

El problema era que mi siguiente objetivo focalizado en mi mente, aún quedaba lejos y esa espera me afectaba negativamente. Y aunque mantenerse con cierta movilidad en el día a día no era un objetivo fácil ni sencillo, la perspectiva de poder usar los dos pies en breve y avanzar notablemente en mi recuperación, superaba a la satisfacción por mis triunfos diarios. No podía evitar que mi mente volara más rápido que mi cuerpo y se empeñara en agrietar mi palacio mental.

Sin tener claro como hacerlo, de alguna manera necesitaba recalibrar mis objetivos de forma que me centrara en otros desafíos mientras llegaba el momento de ponerme en pie. Pensé mucho en lo que me estresaba salir a la calle en silla de ruedas, lo difícil que era todo, mi falta de control en esos momentos, la accesibilidad en las ciudades, que deja mucho que desear y te complica la existencia. Y empecé a pensar que quizás, la mejor forma de intentar controlar mis miedos y dudas cuando salía a la calle en silla de ruedas, era precisamente eso, salir más a la calle.

Darle continuidad a mi nueva vida en silla de ruedas era importante. No solo por acostumbrarme a vivir así o mantener unido mi cuerpo y mente en la misma dirección, sino por la cantidad de dudas que tenía sobre mi futuro. Pensé que al fin y al cabo, tal y como me encontraba, no tenía certezas de nada. ¿Y si aparcar la silla de ruedas para siempre solo era una ilusión?, ¿y si no era capaz de andar de nuevo?, ¿desaparecería el dolor alguna vez?

Recuerdo que entré en colapso. Por un lado, desear se había convertido en algo que reducía mi malestar, por decirlo de alguna forma, haciendo que escapara hacía una fantasía. Pero esto me provocaba un terrible desperdicio de energía. Por otro lado, asomarme a ese futuro infernal me provocaba mucho terror, y la misma pérdida de energía, ¿cómo disociarme de esos pensamientos?

 

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