Veintiocho días ingresado en el hospital de La Paz. Veintiocho días que ahora mismo me parecen una eternidad. Y sin embargo, es imposible acostumbrarse al ritmo interno del mismo, a ese olor característico, a la atención médica a veces tan intempestiva y arrítmica. Y a la vez, soy incapaz de quejarme de nada.
Esa mañana temprano, vuelven a revisarme todas las heridas
y terminan de dar el visto bueno a mi salida del hospital, “te traeremos los
informes del alta para el mediodía”. Por un momento se acelera todo en mi cabeza, solo quiero
salir del hospital y volver a sentir el calor del sol en mi cara, o la lluvia,
me da lo mismo, solo respirar libre.
Aviso a mi familia para que vengan un poco antes del
mediodía, “al fin me mandan para casa!”. Aprovechamos la espera para acelerar
gestiones, hay que adaptar el piso a mi nueva situación, decidir
definitivamente lo que necesitaremos y terminar de comprar lo que falte. Esto
nos genera muchísimas dudas, la única guía que tenemos es lo vivido en el
hospital, pero seguro que una vez en casa, saldrán más cosas y quizás sobren
otras.
Al final, la espera se eterniza demasiado, casi a las 17:00
h de la tarde llegan con los informes del alta. Es muy emocionante cuando
personas que te han cuidado y sufrido, se despiden de ti, te dan ánimo y cariño.
El cuidar de ti, les hace conocerte, experimentarte de forma intensa y a la vez, se convierten en tus ángeles de la guardia. Mi
último paseo en camilla, pero esta vez, voy con una sonrisa de oreja a oreja.
Tuvimos que esperar un buen rato hasta que hubo una ambulancia
disponible, “ahora mismo solo estoy yo y mi ambulancia libre, si me ayudáis a subirlo
a casa, nos podemos ir ya, y no necesitamos a nadie mas”. No era la mejor de
las ideas pero accedimos, estábamos desesperados por salir de allí.
Al llegar al portal de casa, empezamos a vivir lo complicado
que iba a ser todo. Pasarme de la camilla de la ambulancia a la silla de
ruedas, fue un momento tenso. Tuvieron que ponerme una manta por debajo de mi
cuerpo, levantarme sujetando las cuatro esquinas a peso y colocarme en la silla entre cuatro personas. Subir los
nueve escalones que hay del portal a la puerta de casa entre tres. Y una vez
dentro, comprobar que la silla de ruedas pasaba muy justa entre las puertas, había
que hacer maniobras para poder entrar en el dormitorio.
Fue un día largo y muy intenso, pero ya estaba en casa. Esa
noche, ni el Lorazepam consigue que cierre los ojos, mi cabeza no para un
momento. Ahora entiendo al poeta Rilke cuando decía, si no fuese tan grande mi angustia, me consolaría persuadiéndome de que
no es imposible ver todo de un modo diferente y, no obstante, vivir. No me queda
más remedio que abrazar la incertidumbre.
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