Después de la operación del pie, pasé un par de días malos. Además de depresivo estaba algo irascible, no solo por lo que me dolía el cuerpo, me influía también el estar encamado en el hospital. Los ritmos de vida en planta, son más bien arrítmicos. No hay un horario claro, todo se ralentiza demasiado, con lo que tus ritmos circadianos se resienten mucho y te acaban afectando.
En mi palacio mental entró un pensamiento que no había
tenido tan claro antes. Viendo mis lesiones y el poco optimismo expresado por
los médicos, pensé que no quería pasar el resto de mi vida sin poder moverme,
con dolor continuo, ni tener a mi familia cuidándome para siempre, sometida a una
especie de prisión por mi culpa. Quizás mi auténtica metamorfosis, además de
física, era abandonar voluntariamente mi crisálida y volar.
Decía Elisabeth Kübler-Ross que, el mayor regalo de la
humanidad, también su mayor maldición, es que tenemos libre elección. Podemos
tomar nuestras decisiones construidas a partir del amor o del miedo. En mi caso,
en ese momento, el miedo tenía el control.
Con la comodidad que da ver las cosas desde la distancia, he
entendido que, en esa situación, esa grieta que aparecía en ese momento, era
normal, pero no estaba bien meditada. Todavía no había tenido tiempo de
procesar el accidente, de darle sentido al dolor, no sabía cual sería mi nueva
realidad, ni había pensado seriamente sobre la muerte.
El problema de anclarte a estos pensamientos negativos, aunque lógicos por otra parte, es que puedes llegar a creértelos. Pueden llegar a interiorizarse de tal manera que acaben por convertirse en realidad, como una especie de profecía autocumplida, aunque realmente tengas otras opciones.
Por suerte, dos días después de la operación, los médicos se
encargaron de desviar mi mente hacia otras opciones, “te vamos a quitar los
puntos de la espalda y seguramente te vayas para casa”. La inminente llegada de
la Semana Santa dio lugar a que, por motivos hospitalarios, se fuera dando de
alta a enfermos que podían terminar de curarse en casa, afortunadamente yo fui
uno de ellos.
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| La mitad sin quitar... |
Este último día y medio, fue una montaña rusa de pensamientos,
situaciones y decisiones, no solo porque vinieran a quitarme los puntos dos
veces, la primera vez, por error, se habían dejado casi la mitad sin quitar! Y
es que, aunque ya llevábamos tiempo dándole vueltas, especialmente Lorena, que
era la que veía con más claridad lo que se venía encima, tuvimos que empezar a
decidir que cosas nos harían falta en casa con cierta urgencia, adaptar la casa
a mi nueva realidad, fueron momentos de estrés.

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